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El efecto “nocebo”: cómo creer que estás enfermo puede llegar a matarte


150213161934_efecto_nocebo1_624x351_thinkstockHDavid Robson/BBC Future – ay que cuidarse de las personas alarmistas. Como el hechizo de un brujo, sus palabras podrían estar propagando plagas modernas.

Desde hace tiempo sabemos que las expectativas sobre la posibilidad de contraer una enfermedad pueden resultar tan peligrosas como un virus. Pueden disminarse por vía del rumor, creando un efecto potente.

Esa podría ser la razón por la cual hay casas que parecen cargar con una maldición de enfermedades y el motivo de los misteriosos brotes de mareos, insomnio y vómitos de personas que viven cerca de turbinas eólicas.

Si te has sentido “griposo” después de recibir una vacuna o has sufrido de una inexplicable alergia a comidas, también puedes haber sido víctima de lo que se conoce como el “efecto nocebo”.

Dimos Mitsikostas, del Hospital Naval de Atenas, Grecia, dice que “el efecto nocebo muestra el poder del cerebro”.

Y agrega que “no lo podemos explicar completamente”.

Broma mortal

Desde hace tiempo, los médicos saben que las creencias generalizadas pueden ser letales.

El médico vienés del siglo XVIII Erich Menninger von Lerchenthal describe una broma pesada que los estudiantes en su facultad de medicina le hicieron a un asistente que no les agradaba.

Tras saltarle encima le dijeron que sería decapitado. Lo vendaron, le bajaron la cabeza y se la pusieron en el patíbulo. Luego, le dejaron caer un trapo mojado en su cuello. Convencido de que era el roce de una cuchilla de acero, el pobre hombre “murió en el acto”.

Anécdotas como esa abundan, pero los investigadores modernos se habían concentrado en la habilidad de la mente para curar, no para hacer daño. Es decir el llamado “efecto placebo”, derivado del latín “complaceré”.

En los ensayos clínicos ahora se asigna por azar a los pacientes un fármaco real o un placebo en la forma de una píldora inefectiva.

El paciente no sabe lo que está tomando, e incluso los que toman los placebos tienden a mostrar mejorías, gracias a su fe en el tratamiento. Sin embargo, también reportan náuseas, dolores de cabeza o malestares.

“Es un fenómeno consistente, pero la medicina nunca ha podido realmente abordarlo”, dice Ted Kaptchuck, de la Facultad de Medicina de Harvard.

En los últimos diez años los médicos han mostrado que este efecto nocebo (del latín “dañaré”) es muy común.

Aunque muchos de los efectos secundarios son algo subjetivos, las respuestas de nocebo ocasionalmente aparecen como erupciones en la piel o se detectan en exámenes fisiológicos.

“Es increíble, toman pastillas con azúcar y cuando mides las enzimas del hígado están elevadas”, dice Mitsikostas.

Incluso al medirse la actividad de los nervios en casos de nocebo se ha mostrado que la médula espinal del individuo comienza a responder a un aumento del dolor antes de que pueda sentirlo.

Tómese un caso casi fatal reportado por el doctor Roy Reeves en 2007.

El “Señor A” sufría de depresión cuando ingirió un frasco completo de pastillas.

Arrepintiéndose de su decisión, ingresó de emergencia al hospital. Lucía grave, pero los exámenes de sangre no le encontraron restos de la droga.

Cuatro horas más tarde otro doctor llegó para informarle a Reeves que el paciente participaba en el ensayo de un medicamento, tomando un placebo. Tuvo una “sobredosis” de tabletas de azúcar. Al enterarse, el aliviado Señor A se recuperó.

Nunca sabremos si el efecto nocebo de verdad lo habría matado, aunque Fabrizio Benedetti, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín, Italia, piensa que es ciertamente posible.

Benedetti ha escaneado cerebros de individuos sometidos a las sugestiones nocebo que parecen desencadenar activaciones en el hipotálamo, y en la glándulas pituitaria y suprarrenal, áreas que se ocupan de amenazas extremas a nuestro cuerpo.

Y dice que si tu miedo y creencias son lo suficientemente fuertes, el resultante coctel de hormonas podría ser letal.

Rumores malintencionados

El simple hecho de que tu doctor pueda, involuntariamente, ponerte enfermo, ya es preocupante, pero cada vez es más evidente lo fácil que resulta propagar el efecto nocebo.

El año pasado Benedetti ofreció llevar a más de 100 estudiantes a los Alpes italianos, a una altura de más de 3.000 metros.

Previo le dijo a uno del grupo que la falta de aire podría ocasionar migrañas. El rumor llegó a una cuarta parte de los estudiantes y quienes lo escucharon comenzaron a sufrir los peores dolores de cabeza.

Incluso un estudio de la saliva de esos estudiantes mostró una exagerada respuesta a las condiciones de poco oxígeno, incluyendo una proliferación de enzimas asociadas con dolores de cabeza por la altura.

“La bioquímica del cerebro cambió en los individuos ‘infectados socialmente'”, dice Benedetti.

E incluso más preocupante es que, aparentemente, el nocebo puede ser activado por claves subliminales.

La historia está llena de misteriosas epidemias que pueden haber surgido de esa forma. En tiempos recientes la más escalofriante fue lo ocurrido entre miembros de la etnia Hmong que llegaron a EE.UU. procedentes del sudeste asiático en la década de los 80.

Jóvenes sin enfermedades previas comenzaron a morir mientras dormían, luego de períodos de pesadillas y parálisis del sueño.

Según las especulaciones de los expertos, lo sucedido tuvo su origen en una fuerte creencia cultural en demonios nocturnos.

Papel de la tecnología

Otras veces el temor a la nueva tecnología parece ser responsable. A finales del siglo XIX los usuarios de los recién inventados teléfonos reportaron mareos y dolores tras usar los aparatos.

Y trabajadores escandinavos en la década de los 80 desarrollaron sorpresivas erupciones, aparentemente producidas por los monitores de las computadoras.

Hoy en día el nocebo es quizás más visible en trastornos controversiales como el llamado “síndrome de la turbina eólica” o la “electrosensibilidad”, una reacción alérgica a señales de teléfonos móviles y conexiones inalámbricas de internet.

Pero si algo nos dice el efecto es que no deberíamos subestimar la angustia que causa su condición.

“No tengo ninguna duda de que la gente realmente experimenta síntomas físicos”, dice James Rubin del King’s College de Londres.

Medios y rumores

¿Y qué se puede hacer al respecto? Se sabe que es difícil neutralizar creencias arraigadas, pero la cobertura responsable de los medios por lo menos frenaría la propagación de los rumores.

Rubin descubrió en 2013 que mostrar un simple video sobre la electrosensibilidad era suficiente para activar síntomas y la evidencia muestra que las epidemias del “síndrome de la turbina eólica” se producen luego de reportajes de los medios sobre el tema.

En otras palabras, las alertas sanitarias están en sí mismas enfermando a la gente.

El tema representa un dilema moderno para la medicina, señala Rebecca Wells del Centro Médico Bautista Wake Forest (EE.UU.)

“No hay verdades indiscutibles y rápidas sobre lo que la medicina hace”, dice.
Wells piensa que en el futuro los doctores necesitarán desarrollar nuevos procedimientos para decidir qué hechos divulgar al paciente y cómo enmarcar la información.

Mientras tanto, la educación en sí misma puede restarle poder al efecto nocebo. Mitsikostas, por ejemplo, le explica a sus pacientes que deben cuidarse de sus propias expectativas negativas.

La conexión entre la mente y el cuerpo, sostiene, es algo que no nos podemos dar el lujo de ignorar, a pesar de nuestros increíbles instrumentos médicos nuevos.

“Durante milenios, la medicina fue esencialmente placebo; al utilizar las expectativas, los magos hicieron uso de la voluntad para curar”, destaca.

“No es suficiente para superar las enfermedades, pero sí es indispensable”.

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