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El creciente interés por Auschwitz a 70 años de su liberación


150126154320_auschwitz_shoes_624x351_bbcmundoThomas Sparrow BBC Mundo – Hay imágenes que nunca se olvidan. Imágenes como una montaña de pelo humano, ahora deteriorado y polvoriento, que alguna vez lucieron miles de víctimas de una de las mayores atrocidades de la historia moderna.

Es una montaña tan grande, tan gris, que no pude evitarla, me resultó imposible no observarla en silencio, pasmado por el asombro y el dolor de lo que sucedió aquí en el campo de concentración nazi de Auschwitz, localizado en la actual Polonia.

A unos pasos encontré una colección de 470 prótesis. Un poco más lejos, 110.000 zapatos corroidos. A un lado, 3.800 maletas de cuero, muchas con nombres inscritos. Y cientos y cientos de anteojos inservibles.

Alrededor de 1.1 millones de personas murieron acá entre 1940 y 1945, y estos son algunos de sus vestigios.

Están recolectados en el terreno donde se erigió esta inmensa fábrica de la muerte, con sus más de 150 edificios y sus chimeneas perentorias, que hoy es un museo al que en 2014 llegaron 1.5 millones de personas.

Un museo que este enero conmemora 70 años desde que Auschwitz-Birkenau fuera liberado por el Ejército Rojo de la entonces Unión Soviética.

7.000 prisioneros y 600 cadáveres

Mucho ha pasado en estas siete décadas, pero para Auschwitz destaca que hay importante un cambio generacional, pues cada vez hay menos sobrevivientes que puedan contar la historia en primera persona.

Cuando los soldados soviéticos entraron al campo principal a las 3 de la tarde del 27 de enero de 1945, unos 7.000 prisioneros les aguardaban (también 600 cadáveres).

Quienes estaban relativamente bien de salud comenzaron su regreso a casa o a lo que quedaba de ella en un continente destrozado.

Y con el paso de los años, muchos de los sobrevivientes terminaron convirtiéndose en voceros de un drama que sigue siendo un tema muy sensible en Europa.

Sus testimonios han servido para acercar a las nuevas generaciones al día a día del campo de concentración, así como a los horrores que se gestaron en sus edificios: los experimentos médicos, las ejecuciones y torturas, los crematorios y las cámaras de gas.

En buena medida gracias a ellos también se ha escrito la historia de Auschwitz, un campo que -para sorpresa de algunos- no comenzó con el propósito de exterminar a los judíos sino de albergar a prisioneros polacos.

Fue sólo alrededor de 1942 que el campo comenzaría a convertirse en el mayor símbolo del horror nazi, un lugar en el que fallecieron más personas que el total de pérdidas estadounidenses y británicas en toda la Segunda Guerra Mundial.

Quienes vivieron esa experiencia en carne propia y aún pueden contarla saben que este, quizás, será el último gran aniversario en el que podrán participar.

Hace diez años, para conmemorar los 60 años de la liberación de Auschwitz, unos 1.500 sobrevivientes viajaron al sur de Polonia. Ahora se esperan unos 300.

“Turismo de la muerte”

Aunque algunos podrían creer que el paso del tiempo reduciría el interés por lo que ocurrió en esa esquina del territorio polaco ocupado, lo cierto es que el número de visitantes a Auschwitz ha crecido considerablemente en la última década.

En 2001, 492.500 personas recorrieron el museo. En 2005, la cifra ascendió a 927.000. En 2010, a 1.380.000. En 2014, a 1.534.000.

Lo que más sorprende es que alrededor del 70% de quienes recorren el memorial son jóvenes, parte de un esfuerzo consciente de las autoridades por demostrar que, a falta de un alto número de sobrevivientes, lugares como este tienen la responsabilidad de ser guardianes del legado histórico y centros de reflexión.

Esto se evidencia en que 1.180.975 de los visitantes de 2014 recorrieron Auschwitz como parte de una visita guiada.

La situación no es única de este museo. Cuando entre 2009 y 2011 visité varios de los campos de concentración en Alemania, el panorama era similar. Casi todos registraban números de visitas estables o crecientes. A todos había llegado una proporción considerable de estudiantes de colegio.

Pero a la par de ese esfuerzo pedagógico, el incremento en popularidad se debe también a que, en general, ha habido un interés cada vez más notorio por el llamado “turismo de la muerte” o “turismo oscuro”.

En Ucrania encontré ofertas para visitar Chernóbil; en Camboya está el Museo del Genocidio de Tuol Sleng; en Nueva York vi largas filas para visitar la Zona Cero; en Sarajevo me topé con decenas de personas interesadas en recorrer los escenarios de uno de los sitios más largos de la historia moderna.

Muchos turistas tienen un interés genuino, intelectual, en conocer la historia lúgubre de estos lugares. Y se sienten conmovidos al ver un mercado donde ocurrió una masacre, una biblioteca en ruinas o un puente bombardeado.

Pero, al mismo tiempo, no deja de parecerme extraño que un turista se tome una selfie en Auschwitz en frente del letrero de “Arbeit Macht Frei” (El trabajo libera) o a un paso de los crematorios donde fueron borrados los rastros de tantas personas.

Y no soy el único: hay toda una colección de imágenes “inapropiadas” en el blog “Selfies at Serious Places” (selfies en lugares serios).

Puede que algunos visiten estos lugares para saciar un interés mórbido por los extremos a los que pueden llegar otros seres humanos. Otros no entenderán la magnitud del legado histórico.

Por eso, aunque muchas personas llegan como parte de un paquete turístico, los campos de concentración hacen énfasis en que son muy diferentes a un destino cualquiera que se ofrece en una agencia de viajes.

Son cementerios. Son testimonios.

Y en ese sentido esperan que a través de las experiencias sensoriales se pueda abrir la puerta para un debate fundamentado.

Por eso, en últimas, Auschwitz presenta los miles de zapatos, los anteojos, las maletas y las prótesis.

Y por eso muestra las toneladas de pelo, ese que yo no logro sacarme de la cabeza.

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