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La historia detrás de los Reyes Magos


0010544681infobae.com – La historia que llegó hasta nuestros días es que tres Magos –o sabios- llegaron de Oriente a Palestina, guiados por una estrella. La Biblia, más concretamente el Evangelio según San Mateo –único libro que menciona el episodio-, dice que los Magos pasaron primero por Jerusalén, donde fueron a ver a Herodes y a preguntarle por el “Rey de los judíos”, que acababa de nacer. “Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo”.

Esto alarmó a Herodes, que consultó a sus sacerdotes y fueron ellos los que indicaron que, según la profecía, sería en Belén donde nacería el Mesías. Herodes les pidió entonces que, una vez que hubiesen encontrado al Niño, le avisaran, ya que él también quería “adorarlo”.

En realidad, sus intenciones eran asesinarlo pero, dice San Mateo, esto les fue “revelado en sueños” a los Magos que entonces regresaron a su tierra por otro camino, evitando volver a pasar por Jerusalén.

Pero antes, vieron al Niño recién nacido: “Entraron en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y, postrándose, lo adoraron; luego, abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”, relata Mateo.

Y eso es todo lo que dice el Evangelio. El relato bíblico fue luego progresivamente adornado durante la Edad Media. Poco a poco, los Magos se convirtieron en Reyes y se los bautizó Gaspar, Melchor y Baltasar.

Custodios de los tesoros de Adán

El Libro de la Caverna de los Tesoros es un escrito del siglo VI que busca establecer las genealogías de los patriarcas bíblicos y de los reyes de Israel y de Judá a fin de probar que Jesucristo desciende de Adán.

En ese texto se dice que los presentes que los Magos orientales llevaron a Jesús habían sido depositados por el mismísimo Adán en Persia, en el monte Nud (nombre que significa paraíso), para que fuesen llevados al Mesías, cuya llegada sería anunciada por una estrella de extraordinario tamaño.

De generación en generación, dice el libro, doce magos eran encargados de acechar el cielo para descubrir la señal esperada. Para ello debían subir cada año al monte Nud y rezar allí por tres días observando el firmamento. Así fue como un día vieron la estrella que les indicó que el momento había llegado, tomaron entonces los presentes y emprendieron el viaje hacia Palestina.

Aunque por un tiempo se habló de muchos magos, hasta doce como lo señala el Libro de la Caverna, finalmente el número se estabilizó en tres. Fue en buena medida a partir de la cantidad de regalos que se empezó a hablar de tres Magos. Un número simbólico además, ya que representa la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo).

Desde el siglo VI llevan los nombres que hoy conocemos y que los han convertido en leyenda.

La leyenda dorada

A fines del siglo XIII, Jacobus de Voragine (1228-1298), cronista italiano y Obispo de Génova, escribió un libro llamado La leyenda dorada, en el cual hace el retrato de todos los santos y santas católicos e incluye a los tres Magos de Oriente, reuniendo todas las tradiciones que sobre ellos circulaban hasta el momento, incluso los nombres que se les había empezado a dar desde el siglo VI. Su descripción fue la siguiente:

“El primero de los magos se llamaba Melchor, era un anciano de cabellos blancos y larga barba. Obsequió el oro al Señor como su rey, porque el oro significa la realeza de Cristo. El segundo, llamado Gaspar, joven, sin barba, rojo de tez, rindió a Jesús, a través del incienso, el homenaje a su divinidad. El tercero, de rostro negro, luciendo toda la barba, se llamaba Baltasar; la mirra en sus manos recordaba que el Hijo debía morir”.

Quedó de este modo consagrada la interpretación del significado de los obsequios, símbolo de tres características de Jesús: su realeza, su divinidad y su condición humana y mortal. La mirra era una resina aromática que se usaba en la conservación de los cuerpos.

En La Leyenda dorada, los nombres aparecen en tres idiomas, latín, hebreo y griego. Esta última versión es la que hoy usamos. En latín, los nombres de los reyes magos eran, según Voragine, Appellius, Amerius y Damascus. En hebreo, Galgalat, Malgalat y Sarathin. Y, en griego, Caspar, Balthasar y Melchior.

De Magos a Reyes y Santos

Las representaciones más antiguas de los magos los mostraban en trajes persas, con pantalones fruncidos en el tobillo y gorros frigios. Ofrecen sus presentes también según el rito persa, sosteniendo las ofrendas con las manos cubiertas por sus mantos. Fue a partir del siglo IX que se los empezó a representar como Reyes, con las testas coronadas.

Y, a partir del siglo XIII, pasaron a representar las tres edades de la vida: Gaspar, adolescente, joven, imberbe; Baltasar, hombre maduro con barba; y Melchor, un anciano calvo con barba blanca.

Primero se los consideró árabes o persas; poco a poco pasaron a representar los tres continentes hasta entonces conocidos: Asia, Europa y África. A partir del siglo XV, encarnan a toda la humanidad: un asiático, un blanco y un negro. En la catedral de Viseu, en Portugal, se ve incluso a un cuarto mago: un aborigen brasileño también ofrece presentes al recién nacido.

El título de Reyes se les empezó a dar a partir del siglo III, pero recién en torno al 1200 esa condición empezó a reflejarse en la iconografía que, además, poco a poco les fue agregando camellos y un séquito de sirvientes. Más tarde fueron considerados santos, y sus reliquias llegaron en el siglo XII a la catedral de Colonia, donde son veneradas hasta el día de hoy.

Pese a su origen misterioso, o tal vez por eso mismo, son parte de todo el folklore que rodea a las fiestas navideñas. Tienen incluso su propia fecha, el 6 de enero, día de la Epifanía (que significa revelación o aparición, en referencia a que Jesús se muestra al mundo), y en algunos países son venerados como santos que velan por el Niño Jesús en su pesebre.

Durante mucho tiempo, y en especial entre los cristianos de Oriente, la Epifanía era una fecha más importante que Navidad porque representaba el momento de la presentación del Niño Dios a los hombres.

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