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INFORME A FONDO-El secreto mundo del arte permitió ocultar un tesoro a simple vista


2013-11-09T114849Z_1_AMAE9A80WTF00_RTROPTP_2_OESTP-ALEMANIA-ARTEBERLÍN/MUNICH (Reuters)/Por Alexandra Hudson y Irene Preisinger/ – En la puerta del apartamento del bohemio distrito de Schwabing, en Múnich, hay un nombre distinguido en el pasado en el mundo de la arquitectura y la música pero infame desde la era nazi por la asociación que se hace de él con el pillaje de obras de arte propiedad de los judíos: Gurlitt.

El hallazgo de centenares de valiosas pinturas y dibujos en su interior ha planteado cuestiones sobre cómo un hombre con un apellido tan llamativo – Cornelius Gurlitt – mantuvo guardado tanto tiempo su secreto al tiempo que vendía obras en el mercado.

Las entrevistas con parientes, marchantes, abogados y expertos en arte mostraron que se movió libremente durante décadas entre Alemania, Austria y Suiza para vender algunas de sus numerosas obras de arte modernistas y del Renacimiento. No estaban guardados en una caja de seguridad, sino en su piso, ocultas a simple vista en la tercera ciudad de Alemania.

En el mundo del arte, donde prima la discreción, parece que era un secreto a voces que Cornelius guardaba al menos parte de la colección de su padre Hildebrand, que trabajó para los nazis vendiendo arte calificado como “degenerado” que fue retirado de los museos o robado o extorsionado a judíos que huían del Holocausto.

Para todos los demás – incluyendo, aparentemente, el clan Gurlitt – fue una sorpresa cuando las autoridades confirmaron con reticencia la información de una revista que decía que una revisión aduanera rutinaria había descubierto 1.406 obras con un valor de hasta 1.000 millones de euros.

“Es absolutamente sorprendente. No tenía ni idea de que tal colección existiera”, dijo Dietrich Gurlitt, primo carnal de 94 años de Cornellius.

Cornelius Gurlitt, que parece que no tenía familia viva directa, permaneció sentado mientras los agentes, que sospechaban que había cometido fraude fiscal, se toparon con estantes y armarios que contenían 121 obras enmarcadas y otras 1.285 sin marco.

Desde entonces ha desaparecido. El anciano de 79 años no afronta cargo alguno y no está en ninguna lista de personas buscadas.

EL ÚLTIMO TRES DESDE ZÚRICH

La casualidad llevó a que su “colección” privada fuera descubierta.

La policía de aduanas de Alemania realiza comprobaciones rutinarias en los trenes que parten de Zúrich, buscando potenciales evasores de impuestos que traigan efectivo de cuentas secretas en bancos suizos. Otro agente dijo a Reuters que la ruta de cinco horas puede proporcionar incautaciones muy jugosas al fisco alemán.

En esa noche en particular de un miércoles por la noche en septiembre de 2010, los agentes que hacían los controles del último tres desde Zúrich hablaron con un anciano que parecía incomodarse a medida que le iban haciendo preguntas. A los agentes les mostró unos 9.000 euros en efectivo, una cifra que estaba dentro del límite legal. Pero algo les hizo sospechar.

Los agentes presentaron un informe y ahí comenzó una investigación rutinaria.

Cornelius Gurlitt no estaba registrado en el padrón municipal de Múnich y no tenía ni número fiscal ni pensión, lo que basta ya para iniciar una investigación. La fiscalía de Augsburgo que está especializada en delitos de guante blanco consiguió una orden para registrar su casa.

El 28 de febrero de 2012, tocaron el timbre de la casa en cuya puerta figuraba el nombre de Gurlitt. Cornelius estaba en casa.

Las autoridades reconocieron inmediatamente el alcance de lo que habían descubierto. Contradiciendo las primeras informaciones de que había óleos valiosos guardados entre latas de fruta, Siegfried Kloeble, de la policía de aduanas de Múnich, dijo que estaban todas almacenadas profesionalmente.

“Las obras con marco estaban almacenadas en estantes verticales, de la misma forma que en el depósito de un museo de arte”, dijo. “Los trabajos en papel estaban almacenados en horizontal, en cajones, fuera de la luz”.

Trabajando tan discretamente que ni los vecinos de Gurlitt se percataron, una compañía de transporte de obras de arte contratada por las autoridades bávaras tardó tres días en empaquetar y retirar la colección.

Expertos en ese tipo de transporte dijeron que quienes trabajaron en ello tuvieron que medir la humedad y la temperatura, protegido los lienzos con una cubierta química y colocándolas después en lotes protegidos por papel burbuja y luego metidos en cajas. Luego los trasladaron a un lugar seguro y aún secreto.

A principios de 2012, las autoridades de Múnich informaron al Gobierno federal de sus hallazgos y pidieron asesoría de un experto de Berlín. Meike Hoffmann, especialista en arte modernista objetivo de los nazis, se hizo cargo.

Durante 18 meses trabajó entre el almacén secreto y su oficina en la Universidad de Berlín antes de que surgieran las informaciones no deseadas de un hallazgo espectacular. Para entonces, Gurlitt ya había desaparecido.

RESTITUCIÓN

En retrospectiva, debería haber sido obvio que Gurlitt estaba ocultando algo.

Unos meses antes había vendido un pastel de un domador de leones del expresionista alemán Max Beckmann por 864.000 euros, a través de la casa de subastas con sede en Colonia Lempertz. Ellos lo describen como una transacción “totalmente normal” pero reconocieron en aquel momento que había un “problema de restitución”, un eufemismo que se da en el mundo del arte para una probable reclamación de los propietarios judíos de la era nazi.

“Un anciano contactó con nuestra oficina en Múnich”, dijo Karl-Sax Feddersen, abogado de Lempertz. “Tuvimos un problema de restitución que abordamos activamente y encontramos una solución antes de la subasta”. Esto implicó compartir una porción de los ingresos de la subasta con el demandante.

Hildebrand Gurlitt y su hermano Wilibald eran hijos de una familia alemana en la que había un distinguido compositor y un famoso arquitecto, ambos de nombre Cornelius. Pero los hermanos eran también en parte judíos.

Con la llegada de los nazis, Hildebrand perdió su empleo como director de un museo de Zwickau y Wilibald el suyo como profesor de musicología en Friburgo en 1937.

Pero eso no frenó al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, a la hora de contratar a Hildebrand para vender el arte “degenerado” que los nazis habían retirado de los museos y recorrer Alemania para reunir obras adecuadas para un “Führermuseum” en honor de Hitler, que se levantó en Linz, cerca de su lugar de nacimiento.

Ese trabajo llevó a Gurlitt a París, donde ahora parece claro que aprovechó la oportunidad de recopilar arte para él, logrando obras como un Matisse que pertenecía al destacado coleccionista de arte judío Paul Rosenberg. Incautado por los nazis en 1942 de una caja fuerte de un banco, apareció 70 años después en el piso de su hijo en Múnich.

Hildebrand fue arrestado por su colaboración con los nazis al final de la guerra y las tropas aliadas se incautaron de unas 100 de sus obras. Pero su herencia judía le dejó libre y también ayudó a convencer a los “hombres de los monumentos”, un equipo creado para proteger la propiedad cultural frente a los nazis, a devolvérselas. Entre ellas había obras de Edgar Degas, Marc Chagall y Beckmann.

Alfred Weidinger, subdirector del museo de arte de Belvedere, en Viena, dijo que no habría supuesto “ningún problema” hacer el vínculo con el heredero de Hildebrand Gurlitt, que murió en un accidente de coche en 1956.

Aunque la viuda de Hildebrand dijo a las autoridades que todas las obras se quemaron en el bombardeo de Dresde, cuando la villa de la familia quedó destruida, “Cornelius vivía de la venta de arte que presumiblemente heredó de su padre”, dijo Weidinger.

Esto podría haber salido antes a la luz si la familia no se hubiera dividido por la colaboración de Hildebrand con los nazis.

“Hildebrand intentó mantener en silencio que había trabajado para los nazis, pero mi abuela – su madre – lo averiguó y nos lo dijo. Mi padre rompió todo contacto”, dijo la prima de Cornelius, Dietrich, por teléfono desde su casa cerca del lago Constanza.

El padre de Dietrich, Wilibald, murió en 1963 y su rama de la familia no ha tenido contacto con Cornelius durante muchas décadas.

“No puedo entender por qué Cornelius no declaró las obras de arte cuando las heredó”, dijo. “Estuvieron ahí en cajones, durante años, donde nadie pudiera verlos. Es una vergüenza”.

“MURIENDO CADA DÍA”

En parte víctima, en parte perpetradora, la familia ha encontrado doloroso hablar de los años de la guerra o aceptar las revelaciones sobre su primo Cornelius.

“Nuestro abuelo fue expulsado de su puesto por sus raíces judías”, dijo el hijo de Dietrich, Tilman. Otro hijo, Ekkeheart, dijo a Reuters en su estudio de fotografía en Barcelona: “Nadie sabe si (Cornelius) está vivo o no”.

Por el momento, según especialistas en las complejas legalidades que rodean las reclamaciones y restituciones, la “colección” aún pertenece a Cornelius Gurlitt y podría serle devuelta una vez concluya el proceso de catalogarla.

Pero parece claro que, aunque algunas puedan haber sido adquiridas legalmente de la colección “degenerada”, muchas fueron obtenidas por coacción a coleccionistas judíos perseguidos.

“Estoy realmente decepcionado con que mi padre no viva para ver esto, porque fue el que sufrió”, dijo Michael Hulton, cuyo tío abuelo Alfred Flechtheim, destacado coleccionista de arte modernista, murió en la pobreza en Londres en 1937.

“Mi tío abuelo era un marchante bien conocido y Hildebrand Gurlitt probablemente trató con él”, dijo Hulton a Reuters en una entrevista en su casa de San Francisco.

Hulton ha solicitado a un tribunal de Augsburgo que haga pública la lista de las obras halladas en la casa de Gurlitt para averiguar si alguna que perteneciera a Flechtheim está entre ellas.

El aparente rechazo de las autoridades de Alemania a publicar la lista ha airado a las familias cuyos antepasados fueron robados por los nazis, instando al Gobierno estadounidense a pedir actuar a los alemanes.

“Hay muchas pruebas de que muchas obras procedían de víctimas del Holocausto y que fueron sacadas de museos alemanes”, dijo Jonathan Petropoulos, experto en arte saqueado por los nazis en la facultad Claremont McKenna de Claremont, California.

“Son obras problemáticas, no hay duda. Y por eso creo que hay una necesidad, ética, y quizás algo más, de publicar estas obras”, dijo, argumentado que había que hacerlo rápido porque los posibles demandantes que sobrevivieron al Holocausto estaban “muriendo cada día”.

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Una respuesta

  1. Hutin-Blay confiesa a la publicación que hasta el momento ha podido recuperar 22 obras y que la investigación continúa: “No estoy al tanto de todo. Los agentes de la brigada contra el robo son encantadores y saben mucho de arte. Tengo suerte de que se fotografió todo antes del robo”.

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    noviembre 15, 2013 en 8:10

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