
Ana Prieto – Especial para Los Andes – Hace diez días la escuela pública Tasso de Silveira, en la zona oeste de Río de Janeiro, fue el escenario de un tipo de matanza que no tenía precedentes en Brasil.
Un hombre de 23 años entró impasible al edificio, eligió un aula y con dos pistolas tomó la vida de diez niñas y dos niños antes de acabar con la suya. Por cortesía de las cámaras de seguridad y de los vecinos apostados a la entrada del colegio, la desesperación de los chicos que pudieron escapar dio la vuelta al mundo.
En los pocos días que han pasado desde ese crimen atroz se ha dicho hasta el cansancio que “Columbine ha llegado a Brasil” o que “se necesita a alguien como Michael Moore para cerrar el ciclo”.
Poner marcas o rótulos que hermanen esas masacres es tal vez una manera de enfrentar la imposible tarea de interpretarlas. La comprensión de acciones tan arbitrarias y violentas pareciera escapar a las capacidades naturales del ser humano.
Resulta como mínimo curioso que la matanza de 1999 en la escuela secundaria de Columbine en Colorado, se considere un suceso inaugural, cuando está muy lejos de serlo. Un año antes, en Jonesboro, Arkansas, dos chicos de once y trece años activaron la alarma contra incendios de su colegio y jugaron al tiro al blanco con los alumnos y profesores que escapaban del edificio, matando a cinco e hiriendo a diez.
En 1996 en Dunblane, Escocia, un hombre asesinó a balazos a dieciséis niños y su maestra antes de matarse. El antecedente de 1927 en la Bath Consolidating School de Michigan, en que un miembro del consejo escolar detonó dos bombas, matando a treinta y ocho estudiantes y seis adultos, además de acabar con su vida, no ha sido aún superado en envergadura por ninguna masacre escolar de naturaleza similar.
Y esa “naturaleza similar” involucra la constante de un asesino suicida sin móviles políticos que irrumpe en un día normal de clases. En las cartas o videos que esas personas -siempre hombres- han dejado como vago testimonio de sus motivaciones, se mezclan delirios de grandeza o devaneos místicos y el deseo de concretar una venganza íntima.
La excepción, en los cientos de casos que han ocurrido alrededor del mundo desde fines del siglo XIX (con Estados Unidos a la cabeza, además de China, Japón, Alemania, Finlandia y muchos otros países que no llegan a ser noticia), es que el perpetrador no tome su propia vida después de la matanza.
Las anotaciones en el banco de Junior, el chico de 15 años que en el año 2004 mató a tres compañeros en su colegio de Carmen de Patagones al sur de la provincia de Buenos Aires, revelan su depresión y su bronca. No sabemos si había decidido suicidarse antes de que un amigo le arrebatara el arma.
El director norteamericano Michael Moore intentó encontrar en su documental “Bowling for Columbine” (2002) las raíces sociales detrás de las razones personales de Eric Harris y Dylan Klebold para perpetrar el asesinato de doce estudiantes y un profesor, la mañana del 20 de abril en el colegio al que asistían, en Littleton, Colorado.
Indagó en la cultura del miedo expandida por los medios de comunicación, en el hecho de que en Littleton hay una fábrica de misiles, y en la facilidad con que los civiles pueden comprar y vender armas en Estados Unidos.
Moore cruzó además la frontera norte y se fue a Canadá, para descubrir que allí las leyes de posesión de armas son parecidas a las de su país, pero que la obsesión por la seguridad, en cambio, es mucho menor, llegando a afirmar que un hecho como Columbine es imposible en Canadá.
Lo que es imposible es que Moore no conociera la masacre de la Escuela Politécnica de Montreal, cometida diez años antes de la que él aborda en su documental. Pero si la mencionaba, su hipótesis se iba por los suelos. El 6 de diciembre de 1989 un hombre llamado Marc Lépine, sorteando la nieve y las bajísimas temperaturas, entró en un aula de la institución, separó a las mujeres de los hombres, y aclamando que estaba “combatiendo el feminismo” le disparó a nueve estudiantes, matando a seis.
Luego tiró en los pasillos, la cafetería y otra aula hasta completar catorce asesinatos y suicidarse. Los grupos feministas de Canadá interpretaron la matanza como un acto de violencia sexista. Desde entonces, el 6 de diciembre es el Día Nacional de Conmemoración y Acción por la Violencia contra la Mujer.
Otros análisis hacen hincapié en las golpizas que Lépine sufrió en la infancia por parte de su padre, un nativo de Argelia. Eso motivó explicaciones acerca de la pobreza y la alienación que se vive en las comunidades de inmigrantes.
La madre de Lépine, ciudadana de Montreal, divorciada del padre de Marc cuando éste tenía cinco años, publicó el libro “Vivir” en 2008, como una manera de afrontar el evento que destruyó su vida. “Marc murió con sus secretos”, dice. “Y no podemos hacer otra cosa que especular”.
Ese mismo año el director canadiense Dennis Villeneuve terminó “Polytechnique”, basada en los hechos. Filmada en un austero blanco y negro pero con una fotografía impecable, una estupenda dirección de actores y la recreación del clima de shock y terror que cundió en el instituto durante los veinte minutos que duró la matanza, la película ha sido ampliamente premiada y llegó a Cannes en 2009.
“Elephant”, dirigida en el año 2003 por el norteamericano Gus Van Sant, es otra interpretación de la masacre de Columbine, en una escuela anónima de un estado norteamericano anónimo, dando a entender que un acontecimiento así de terrible puede ocurrir en cualquier lugar. La cámara sigue a las futuras víctimas por los corredores del colegio, en el total desconocimiento de su cercana muerte.
No hay música incidental, sólo el eco de los pasos de los estudiantes rebotando contra los amplios pasillos y ventanales de típica escuela pública estadounidense. No hay bajadas de línea ni intentos de explicar la masacre.
Y la clave de la única lección que quiere dar Van Sant está en el título: “Elephant” hace referencia a una antigua leyenda india, en la que seis ancianos ciegos intentan entender cómo es un elefante. Uno le toca la trompa, otro la cola, otro una pata; todos sacan sus conclusiones y establecen inteligentes comparaciones, pero no pueden identificar lo que en su totalidad es un elefante.
Ante la imposibilidad de comprender los crímenes que se cometieron hace diez días en Brasil, la metáfora de Gus Van Sant resulta más potente que cualquier especulación documentada.
La pobreza, el resentimiento, el HIV, la psicosis, el tráfico de armas, el contexto de violencia, la falta de oportunidades, la orfandad, las burlas escolares, nunca alcanzarán para ver al elefante en su totalidad; nunca van a ser suficientes para explicar a una persona que entró a una escuela, levantó su arma y descargó la muerte contra los seres más indefensos que hay sobre la Tierra.
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